Los días no planeados (Parte 11)



Después de las andanzas nocturnas con prostitutas en el bar “ la Antigua Paz” y ver cómo se le iban sus recursos, al grado que a veces no tenía ni para comprar limones y le pedía dinero prestado a su hijo más chico alegando que era para trabajos de la agricultura: compra de semilla, fertilizante y medicamento para el ganado que aún tenía, Hermenegildo Ordóñez comprendió que su cuerpo ya no le daba para esos placeres ni su propiedad producía para que tuviera ese tipo de vida.

Resentido hizo un alto en las idas a la “Antigua Paz” y usó la extensión de su rancho que aún era de cien hectáreas para recorrer en cuatrimoto o en tractor sus límites y contemplar con nostalgia a las productivas nogaleras asentadas en lo que antes le había pertenecido; conducía entre enormes yerbajales y crecidos quelites y le dolía ver los nogales plantados por su hijo y que él había descuidado hasta que se secaron.

Volvía a casa y comía cualquier cosa, se acostaba en un colchón viejo que tenía por cama y repasaba su vida, desde que vivía con sus padres hasta su matrimonio con Berenice; incluso dejó las redes sociales y comenzó hacer apuntes en un cuaderno en un intento por escribir sobre su vida, sus ideas de izquierda y cómo un gobierno progresista gobernaba en el país. En ese tiempo no planeado que se le había venido encima quitándole bienes y familia, Hermenegildo en su soledad soñaba aún conque el estado fuera gobernado por la izquierda y hacía planes al respecto; hablaba con amigos por teléfono e intentaba contagiarlos con su entusiasmo, recalcando como hacía años el partido socialista no tenía presencia en el estado más grande del país, pero ahora gobernaba el municipio más importante en la frontera, tenía ya diputados y senadores y contaba con figuras que eran serios contendientes a la gubernatura estatal.

Pero pasaba de la efusividad a un estado de ánimo melancólico donde reinaba la muerte y se le presentaban desde el pasado imágenes que ya nunca más serían tangibles y solo el poder de su memoria les daba voz y los hacía caminar por sitios familiares.

Recordaba continuamente a sus padres; reconoció la torpeza que tuvo en sus enfrentamientos con ellos por diferencias políticas. A su edad le dolía la amenaza que había hecho, de joven, de colgarlos si llegaba a triunfar el socialismo en el país.

Su padre había llegado muy joven de la ciudad de Guadalajara siendo un ingeniero civil. Había participado bajo las órdenes de Carlos Blake en el diseño y construcción de la ciudad de Delicias.

Hermenegildo recordaba sus charlas de mesa en las que su padre contaba cómo tenían que trabajar armados mientras trazaban calles, porque eran tiempos muy turbulentos y los asaltos a mano armada ocurrían frecuentemente.

Después había partido a la capital del estado donde militó en el partido de oposición, siendo un miembro importante junto a los fundadores.

Hermenegildo miraba las ruinas de lo que le había heredado su padre, sin querer, al compararse con él se sentía pequeño. Su padre había construido el cine Alcazar, el segundo piso del Palacio de Gobierno y la casa del gobernador por la avenida zarco. Económicamente había prosperado y les había heredado a sus hijos extensas propiedades agrícolas en Ojinaga y Coyame; solo a él le había dejado sus tierras entre el poblado del Sauz y la ciudad de Chihuahua.

Ahora en su vejez su memoria traía con nitidez los rasgos físicos de su padre: güero enchilado, alto, ojos azules, un retrato de él mismo ahora que tenía casi ochenta años.

Empezó a reconocer el valor como persona de su padre y que sus convicciones políticas conservadoras no tenían nada que ver en su grandeza como ser humano, en su lucha diaria por la familia.

Todo lo contrario, le había pasado a él con sus convicciones políticas de índole socialista, alteraron totalmente su vida, había perdido sus bienes y su familia.

Hermenegildo admitía sus equivocaciones, sus errores, pero se llenaba de soberbia como de costumbre y gritaba en su soledad:

A la chingada la familia: ¡mujer, hijos, padres y hermanos!

Pero poco después terminaba llorando y dando de topes contra la pared de esa casa que se le estaba cayendo a pedazos.



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