
ALGUIEN AVÍSELE A FITO GARDEA, alcalde de Saucillo, que en su tierra natal, Naica, ya casi necesitan mediador, árbitro y, si se descuidan, hasta párroco de la política.
Resulta que el pleito entre autoridades eclesiásticas y la presidenta seccional, Sara Chavira, llegó al extremo de romper una tradición: por primera vez, el Grito de Independencia no se realizó de manera conjunta.
Hubo dos.
Y como en cualquier competencia, cada quien puso su horario y su convocatoria.
La diferencia fue de apenas un par de horas y, según reportan desde aquel seccional minero, hasta en los grupos de la comunidad apareció la pregunta obligada:
“¿A cuál Grito vas a ir?”
Porque ya no era solamente una ceremonia patria. Parecía cartelera.
De acuerdo con los reportes, los organizadores de la Iglesia, encabezados por el párroco Julio Fernández, le metieron más organización al asunto y consiguieron reunir una cantidad considerable de habitantes en el patio de la casa parroquial.
Hubo banda de guerra estudiantil, Grito, pirotecnia y música.
Del otro lado, alrededor de las 10 de la noche, Sara Chavira hizo lo propio frente a las instalaciones del Seccional, aunque con una asistencia considerablemente menor.
Y ahí está el dato que debería preocupar. No tanto quién tuvo más gente.
Sino que una comunidad pequeña haya terminado dividida hasta para celebrar el día que se supone que nos recuerda que somos una sola nación.
Así que alguien tendrá que hacerle llegar el mensaje a Fito Gardea: en Naica no necesitan otra guerra; bastante tienen con ponerse de acuerdo para el próximo Grito.
Porque si las dos principales fuerzas de la comunidad ya no pueden organizar juntas ni una ceremonia patria, difícilmente van a caminar juntas para resolver los problemas del seccional.
Y ahí sí, más que guerra Cristera, hace falta política.
BUENO, BUENO. En el ya multi-traído y llevado asunto del polarizado de las unidades de Seguridad Pública, quizá ha llegado la hora de dejar algo bastante sencillo en claro:
Porque durante el desfile cívico-militar de ayer, buena parte de las patrullas participantes seguían luciendo los cristales oscuros. Una que otra no llevaba película alguna, hay que decirlo.
Pero las que se llevaron las palmas fueron las unidades de los pomposamente llamados Equipos de Reacción Especial, los ERE, que hasta en el parabrisas frontal llevan una película bastante oscura.
Entonces hay dos caminos.
Si el polarizado está permitido bajo determinadas condiciones, que se diga cuáles son.
Y si no está permitido, pues que se retire.
Lo que no ayuda demasiado es anunciar una revisión, comenzar a quitarlo en algunas unidades y después dejar otras exactamente igual.
Ayer, por lo menos, la postal fue bastante clara: unas patrullas cumpliendo, otras a medias y otras aparentemente en otra película.
Los grillos de café insisten en que el asunto debe manejarse con transparencia.
Y quizá tengan razón.
Porque si la ciudadanía tiene que distinguir entre una patrulla oficial y una unidad que parece salida de una película de agentes encubiertos, algo no está funcionando.
Claro que quizá el argumento sea que mientras menos se vea quién va dentro, mejor trabajan.
No se ría. En Seguridad Pública todo puede ser posible. Pero entonces que alguien explique cuál es la regla. Porque si van a quitar el polarizado, que lo quiten. Y si hay excepciones, que también las transparenten.
DONDE YA HUBO MOVIMIENTO DE FICHAS es en la Comisión Federal de Electricidad de Delicias, donde se concretó un cambio en la superintendencia de Distribución.
Desde el pasado 10 de septiembre asumió el cargo Edgar Fernando Navarro Murillo, en sustitución de Alfredo Loya Sáenz, quien fue enviado a otra división.
Hasta ahí, un movimiento administrativo. Pero claro, los malpensados no tardaron ni cinco minutos en relacionarlo con uno de los dolores de cabeza que más han padecido los usuarios de Delicias durante los últimos meses: los apagones recurrentes en distintos sectores de la ciudad.
No hay, por ahora, elementos para asegurar que una cosa tenga que ver con la otra.
Pero la coincidencia temporal está servida. Ahora tocará esperar.
Porque el cambio de nombres en una oficina puede ser solamente eso: un enroque administrativo. O puede terminar reflejándose en la calidad del servicio.
Y aquí los usuarios no necesitan demasiada explicación técnica. Necesitan algo mucho más sencillo: que no se vaya la luz.
Así que habrá que darle tiempo al nuevo superintendente para ver si el cambio se nota en la oficina… y, sobre todo, en el switch.
