
Hay cosas que uno no necesita explicar demasiado para saber que son mexicanas. Una bandera tricolor, un mariachi, el sonido de un “¡Viva México!”, una noche de septiembre y, por supuesto, un charro montando a caballo. Por eso me parece especialmente oportuno que en estos días se haya anunciado la realización de un par de charreadas en Delicias. No solamente porque se trata de un espectáculo deportivo que vale la pena disfrutar, sino porque llegan justo cuando comenzamos a respirar ese ambiente de fiestas patrias que cada septiembre nos recuerda, aunque sea por unos días, lo orgullosos que estamos de ser mexicanos.
Y es que la charrería tiene algo que otros deportes difícilmente pueden presumir: además de competencia, tiene historia, tradición e identidad. Para quien nunca ha asistido a una charreada, quizá desde afuera solamente vea caballos, sombreros, suertes y gente tratando de dominar al animal. Pero detrás de cada ejecución hay técnica, preparación y años de aprendizaje. No es simplemente subirse a un caballo y hacer una suerte; existe todo un conocimiento que se ha transmitido de generación en generación.
La UNESCO reconoció a la charrería como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016. Y quizá ese reconocimiento debería hacernos pensar un poco más en la manera en que consumimos nuestras propias tradiciones. Porque aquí viene la parte incómoda: en septiembre somos muy mexicanos… durante unas semanas. Sacamos las banderas, comemos pozole, escuchamos música mexicana, nos ponemos el sombrero para la fotografía y gritamos “¡Viva México!” con una emoción que, dependiendo de cuántos tequilas lleve la noche, puede ir aumentando considerablemente.
Pero ¿cuánto conocemos realmente de nuestras tradiciones? La charrería es un buen ejemplo. Es una expresión profundamente mexicana que muchas veces tenemos cerca y que, precisamente por tenerla cerca, podemos terminar dando por sentada. Y por eso estas charreadas en Delicias pueden ser más que una tarde de entretenimiento. Pueden ser una oportunidad para acercarnos a una tradición que también forma parte de lo que somos.
Además, sería injusto hablar de charrería sin mencionar a las escaramuzas. Porque si todavía hay quien piensa que este mundo pertenece exclusivamente a los hombres, basta con ver la precisión, coordinación y elegancia de las mujeres que participan a caballo para darse cuenta de que la historia es bastante más grande. Al final, quizá eso es lo bonito del deporte: que no siempre se trata únicamente de ganar o perder. Hay deportes que cuentan historias. Hay deportes que construyen comunidades. Y hay deportes que, además, nos recuerdan de dónde venimos. La charrería es uno de ellos.
Así que ahora que septiembre comienza a pintar las calles de verde, blanco y rojo, quizá valga la pena cambiar por un momento la televisión, dejar de discutir sobre quién será campeón en la NFL o quién llegará a la Serie Mundial y darse una vuelta por una charreada. Porque también hay una manera de celebrar a México que no necesita un escenario ni un discurso. A veces solamente necesita un caballo, un sombrero y un charro. Y entonces sí, que viva México.
