
Recientemente descubrí un nuevo término que, al parecer, comenzó a circular con fuerza en redes sociales: la “carencia de constancia objetal”. Un concepto de la psicología que describe la dificultad para mantener una imagen emocional estable de una persona cuando no está presente, especialmente en momentos de conflicto o distancia. En palabras más sencillas, sería algo cercano a lo que comúnmente podríamos llamar un tipo de apego evitativo.
Se manifiesta como la incapacidad de entender que una persona sigue siendo la misma, incluso cuando no está presente, cuando está molesta o cuando existen desacuerdos. Naturalmente esto genera conflictos emocionales y relaciones muy inestables, algo lógico cuando la necesidad de validación es tan grande que cualquier silencio o distancia se interpreta como abandono.
Sin embargo, la razón de escribir sobre este tema no es porque me sienta identificado con ese extremo, sino con el otro lado de la moneda. Uno que, curiosamente, no tiene un nombre tan popular en internet y que muchas veces se confunde con frialdad o desapego.
Si les cuento un poco de mi vida, soy alguien que salió del lugar donde creció para seguir estudiando fuera. Fue así como llegué a la ciudad de Delicias, y pese a ser alguien que desde los catorce años no convivía a diario con sus padres, nunca fui particularmente apegado. De hecho, durante mucho tiempo las quejas más comunes eran siempre las mismas: que por qué no llamaba más seguido o por qué no estaba más en contacto con ellos.
La realidad es que simplemente estaba ocupado viviendo mi propia vida. Entre estudios, trabajo y responsabilidades, los días se llenaban con facilidad y la distancia no se sentía como algo dramático. No es que no quisiera a mi familia, ni que me importaran menos; simplemente el hecho de no tenerlos cerca no despertaba en mí esa necesidad constante de comunicación que muchas otras personas parecen tener.
Algo similar ocurrió cuando falleció mi abuelo. Me dolió en su momento, por supuesto. La noticia cayó como caen todas esas noticias que uno nunca quiere recibir. Pero después de un tiempo, mi vida volvió a la normalidad y durante mucho tiempo pensé que quizás algo estaba mal conmigo, que tal vez era una persona demasiado desapegada o incluso alguien incapaz de sentir como los demás.
Con el paso de los años he descubierto que no necesariamente es así. No todas las personas procesan los vínculos de la misma manera. Hay quienes necesitan contacto constante para sentir que una relación existe, mientras que otros simplemente saben que el vínculo está ahí, incluso cuando la vida toma caminos separados por un tiempo.
Entre hombres, por ejemplo, esto suele verse con bastante claridad. Podemos pasar meses sin hablar con un amigo y cuando finalmente nos encontramos, la conversación continúa exactamente donde se quedó. No hace falta reconstruir el vínculo porque, de alguna manera, nunca dejó de estar presente.
Quizás por eso, cuando escucho estos nuevos términos psicológicos circulando por internet, me pregunto si a veces estamos demasiado preocupados por encajar nuestras emociones en definiciones precisas. Tal vez algunos simplemente sentimos diferente. Ni más, ni menos. Solo distinto. Y quizás entender eso también sea una forma bastante sana de convivir con nosotros mismos.
