LA JUSTICIA QUE ESPERAMOS Y EL DIOS QUE YA GOBIERNA



Otra vez—sí, otra vez—Delicias y gran parte del estado vivieron días tensos. Cuatro jornadas donde transportistas, agricultores, familias y viajeros se quedaron varados en carreteras que, por momentos, dejaron de ser rutas y se convirtieron en cicatrices abiertas. No fue solo por el agua, aunque ese tema volvió a encender la mecha. Fue también por la inseguridad, por el hartazgo acumulado, por la sensación de injusticia social que parece repetirse como si el calendario nunca avanzara. El país entero observó lo que sucedía aquí: bloqueos masivos, discusiones, indignación, incertidumbre, y un cansancio social que no se puede ocultar. El pueblo está dolido, cansado y confundido.

Para quienes vivimos en esta región, esto no es nuevo. Ya hemos pasado por incendios, violencia creciente, noches en vela, tensiones con las autoridades y episodios donde la frustración del pueblo se mezcló con el miedo. Uno pensaría que esos capítulos quedaron en los periódicos de años atrás, pero la historia tiene una forma peculiar de regresar cuando el alma de una comunidad sigue herida. Así, vuelven las mismas preguntas: ¿Quién tiene la razón? ¿Quién dice la verdad? ¿Por qué otra vez estamos aquí? ¿Qué hacemos cuando cada sector acusa al otro de injusto? ¿A quién se escucha cuando todos hablan con tanta seguridad?

Para algunos, el gobierno actúa injustamente. Para otros, lo hace justamente. La población escucha a la población, los rumores compiten con los comunicados, la política se revuelve con la inseguridad, las necesidades del campo chocan con la desesperación de las familias, y la sensación de abandono se intensifica. No es solo el agua. Es el peso acumulado de años: la violencia, los asaltos, la falta de claridad, las decisiones gubernamentales que no convencen, la desconfianza generalizada y el dolor de un pueblo que siente que carga demasiado.

En medio de esta confusión, recordé una editorial que escribí años atrás, cuando también vivimos días de incertidumbre. Aquel texto nacía entre humo, carreteras cerradas y un pueblo fatigado. Hoy, con la tensión fresca en el ambiente, vuelvo a lo que entonces mencioné: la voz del profeta Habacuc. Un hombre que conocía muy bien lo que significa vivir en un contexto lleno de injusticias, amenazas y líderes que actuaban sin rectitud.

Habacuc vivió una crisis que no solo era política o económica. Era una crisis moral y espiritual. Una crisis donde el pueblo se desgastaba entre la injusticia interna, la corrupción, la violencia y la falta de esperanza. Él, cansado y tembloroso, se atrevió a hacerle a Dios las mismas preguntas que muchos chihuahuenses se han hecho esta semana: “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué permites tanta injusticia?” (Habacuc 1:2–3). No era rebeldía. Era la oración sincera de alguien que sabe que, si Dios no se involucra, todo se desmorona.

Pero la respuesta divina no fue la que él esperaba. Dios anunció que traería disciplina usando incluso a una nación más injusta que ellos. Esa noticia lo quebró. Lo desconcertó. Igual que a nosotros nos desconcierta ver que el pueblo sufre decisiones que no controla, que la violencia toca puertas, que la justicia parece tardar y que la polémica se intensifica sin soluciones claras. Habacuc volvió a preguntar: “¿Cómo puedes permitir que el impío oprima al más justo que él?” (1:13). Es la misma pregunta que muchos se formulan hoy, al ver un estado con brotes de violencia, decisiones que afectan a miles, y una sensación permanente de vulnerabilidad e impotencia.

Sin embargo, Dios respondió con una declaración que no se marchita con el tiempo: “El justo por su fe vivirá” (2:4). Vivirá no por la estabilidad económica, no por la seguridad pública, no por la claridad política, no por la ausencia de crisis, sino por la fe. Por confiar en que Dios gobierna incluso cuando el mundo parece derrumbarse. Luego añadió algo más: “La tierra será llena del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren el mar” (2:14). Es decir: aunque la injusticia terrenal se repita, Dios sigue teniendo el control. La historia no está desbocada. El dolor no es dueño del final. La gloria de Dios sí.

El capítulo concluye con un llamado que encaja casi proféticamente con nuestro contexto: “El Señor está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra” (2:20). Es una invitación a que, en medio del ruido, recordemos quién es el que verdaderamente gobierna.

Sí, ha sido una semana dura. Sí, hay enojo, confusión e inseguridad. Sí, lo que vivimos afecta familias, economías, salud, trabajo, tiempo y paz interior. El pueblo está cansado y agobiado. Pero también es cierto que Dios no ha cambiado. El profeta concluye su libro con una oración que parece escrita expresamente para Chihuahua en el 2025: “Aunque no den higos las higueras, ni den uvas las viñas ni aceitunas los olivos; aunque no tengamos vacas ni ovejas, siempre te alabaré con alegría porque tú eres mi salvador. Dios mío, tú me das nuevas fuerzas; me das la rapidez de un venado, y me pones en lugares altos” (3:17–19).

Esto no es romanticismo espiritual. Es fe real. Fe con los pies llenos de polvo. Fe que mira más allá de los bloqueos, de los sobresaltos nocturnos, del temor por la inseguridad y de la injusticia que parece interminable. Fe que sabe que Dios sigue sentado en su trono.

¿Qué hacemos entonces? Si eres agricultor, defiende tu causa con justicia, pero no permitas que la pasión te haga olvidar que Dios es quien gobierna sobre la tierra y sobre sus tiempos. Si eres autoridad, recuerda que tu cargo es un encargo divino y que un día rendirás cuentas al Dios supremo. Si estás temeroso por la inseguridad, por la economía o por los días difíciles que se anuncian, recuerda que la crisis nunca será más grande que el Dios que cuida al hambriento, al vulnerable y al que clama.

Hoy, igual que Habacuc, podemos decir: “Señor, aunque esta semana haya sido dura, aunque falte lo que siempre creímos seguro, aunque la inseguridad nos robe la paz y la justicia parezca tardar, con todo… confiaré en ti”. Chihuahua necesita agua, sí, pero también necesita justicia, paz, seguridad y esperanza. Y esa esperanza no baja de un decreto ni de una presa: baja del cielo.



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