
“¡Ya no sé qué hacer!”. Es una de las frases más comunes que escucho en mi oficina al aconsejar. Después de ella viene la larga lista de situaciones que efectivamente evidencian lo grande del problema. En medio de esas situaciones de dolor, buscamos aferrarnos a algo que nos ayudará, ya que hará que duele menos. Sin embargo, hay algo común y que intensifica el sufrimiento: la falta de esperanza. Imagina que tu casa se quema, pero tú eres rico, ¿te dolería y sufrías? Claro que si, pero sin duda será menos porque puedes adquirir lo que perdiste. El dolor es menos. Mucho menos.
Es la desesperanza e incertidumbre lo que aumenta la aflicción. Ahí comenzamos a ver los frágiles que somos y lo difícil que es mantenernos seguros o mantener seguros a los que amamos. Cuando alguien está en cama o ha sido diagnosticado con una terrible enfermedad terminal, lo primero que viene a la mente además de la muerte es: “¿qué va a suceder con aquellos que están cercanos a nosotros?” ¡Qué terrible error! ¿Cuál es? Quitar del centro de nuestra vista a Dios y ponerla en las cosas terrenales. Pero como no podemos mantener todo en control ¡sufrimos más! Somos incapaces de controlar el futuro, a otros y a nosotros mismos ¿Y qué nos queda? Solo la ansiedad y desesperanza que avivan el sufrimiento.
El apóstol Pedro en el comienzo de su primera carta, busca que aquellos que la recibieron, entiendan cómo vivir el sufrimiento. Es claro que estaban sufriendo, y él no comete el error que cometemos nosotros: “No sufras”, “todo va a estar bien” o “no seas exagerado”, decimos. Él quiere que recuerden que en medio del sufrimiento hay esperanza. Tanto si eres cristiano o no lo eres, debes saber que en Cristo hay esperanza para tu sufrimiento. ¿Por qué tenemos esperanza? ¡Por su obra en favor de nosotros!
Pedro reconoce el sufrimiento de estos creyentes en el primer verso de su carta: “Pedro, apóstol de Jesucristo: A los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia […]” (1 Pedro 1:1). Estos eran cristianos que venían del judaísmo. Se encontraban expatriados, dispersos en varias naciones debido a su fe. Eran perseguidos, asesinados, etc. Prácticamente el saludo de Pedro era: “sé que están sufriendo”, pero ¡Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! (Así comienza su carta) A pesar del sufrimiento que enfrentaban, podían exaltar a Dios debido a lo que hizo en y por ellos. Y eso que hizo es mayor que el sufrimiento que experimentaban. ¡Él les ha dado una esperanza! Así busca que ellos vuelvan su vista a donde debe estar.
Pedro continúa: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según Su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos”.
Después de exaltar al Señor, Pedro dice que todos somos pecadores y fue Dios quien por gracia, nos da fe para creer en Jesús y nos salva. No por quienes somos nosotros o por lo buenos que éramos, sino por quien es Él. No actuó con justicia porque nos habría enviado al infierno, sino que actuó con misericordia. Si hay algo que Dios vio en nosotros, fue lo pecadores y desventurados que éramos y, a pesar de eso, nos hizo renacer, nos dio fe para creer en Jesús y nos salvó por gracia (¡de manera inmerecida!).
Muchos de ellos a causa del sufrimiento podrían encontrarse dudando del amor de Dios; por eso Pedro les recuerda esa esperanza que a causa de Jesús poseían. ¿Qué era lo peor que pudiera pasarles siendo perseguidos? ¡Que fueran asesinados! ¿Qué es lo peor que puede pasarnos en alguna crisis, deuda, enfermedad? ¡Morir o que nos maten!
Pedro les habla de la esperanza, no de dinero, sino de esa que viene a causa de la resurrección de Cristo de entre los muertos. Cristo vino. Murió a causa del pecado. Resucitó y ahora vive. Esa es una “esperanza viva” basada en Cristo que vive y fue resucitado. ¡La seguridad del cristiano es tan cierta y segura como el hecho de que Cristo está vivo! Tenemos una esperanza que Pablo llama “herencia” y es “incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos”. Es como la tierra prometida por Dios a los israelitas cuando salieron de Egipto. Esta herencia no se corromperá, no tiene mancha y no se marchitará.
En medio de los sufrimientos nuestra vista debe de estar puesta en el cielo, como un sinónimo de lo que Cristo ha logrado por nosotros, de su amor, presencia y de nuestro destino. Así pues, en medio de cualquier problema o del sufrimiento más doloroso, tenemos esperanza; Cristo es nuestra esperanza eterna.
¿Te encuentras pasando por momentos difíciles? No sé cuál sea la razón, pero sí en dónde encontrarás la esperanza más segura: en Cristo. Te animo a que lo busques, que rindas tu vida a Él en fe y con arrepentimiento, y sea pues Él mismo tu mayor esperanza.
Oración: “Señor, ayúdame a saber que a través de tu vida, muerte y resurrección, encuentro la esperanza más firme: el perdón de mis pecados, la salvación de mi alma y la esperanza de encontrarme contigo en el futuro pero también de disfrutar tu cercanía hoy. Ayúdame a rendirme a ti. En el nombre de Jesús, amén”.
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