CATÓLICO, ¿PERO NO ROMANO?



Hace unos días, durante una reunión de nuestra iglesia, leímos en voz alta una frase del Credo de los Apóstoles: «Creo en la santa iglesia católica». Para algunos, escuchar esas palabras en una congregación evangélica resultó extraño. ¿Cómo puede un protestante decir que cree en la Iglesia católica? ¿Acaso no está confesando que pertenece a la Iglesia de Roma?

La inquietud es comprensible. En nuestras conversaciones cotidianas, «católico» suele significar «católico romano». Pero las palabras también tienen una historia, y conocerla ayuda a entender lo que los cristianos han confesado durante siglos. En el credo, católica significa universal: la Iglesia de Jesucristo, extendida más allá de una ciudad, un país o una congregación. Por eso un cristiano protestante puede afirmar que cree en la santa iglesia católica sin afirmar que pertenece a la Iglesia Católica Romana.

La expresión no nació con la Reforma protestante. Ya a comienzos del siglo II, Ignacio de Antioquía hablaba de la «Iglesia católica» para referirse a la Iglesia de Cristo en su conjunto. El término pertenece, pues, a una historia cristiana mucho más antigua que nuestras denominaciones actuales. Con el tiempo, «Iglesia Católica» llegó a identificar de manera habitual a la comunión que reconoce la autoridad del obispo de Roma, el papa. Ese uso contemporáneo es real, pero no agota el significado histórico de la palabra.

Aquí está la distinción: soy católico en el sentido de que creo que Cristo tiene una Iglesia universal. No soy romano porque no reconozco al papa como cabeza universal de esa Iglesia ni acepto todas las doctrinas distintivas de Roma. Como protestante, creo que la autoridad final para la fe y la vida de la Iglesia es la Escritura, y que somos justificados delante de Dios por gracia, mediante la fe, sobre la base de la obra de Jesucristo.

Tal vez alguien pregunte por qué conservar una palabra que puede provocar confusión. Porque también puede corregir otra idea equivocada: que el cristianismo protestante comenzó con Martín Lutero. La Reforma empezó en el siglo XVI; la Iglesia de Cristo, no. Los reformadores procuraron examinar y reformar la vida de la Iglesia a la luz de la Palabra de Dios. No pretendían anunciar a un Cristo recién descubierto ni inventar el evangelio.

Los protestantes, por tanto, no necesitamos imaginar que entre los apóstoles y nosotros hubo un vacío de mil quinientos años. Podemos agradecer lo que generaciones anteriores de cristianos recibieron, enseñaron y defendieron, mientras examinamos sus enseñanzas conforme a las Escrituras. Nuestra fe no descansa en la antigüedad de una institución ni en la novedad de un movimiento. Descansa en Jesucristo y en el evangelio anunciado por sus apóstoles.

Eso explica también por qué utilizamos el Credo de los Apóstoles. Su nombre no significa que los doce apóstoles se hayan sentado juntos a redactarlo. Surgió a partir de antiguas confesiones cristianas y resume enseñanzas fundamentales de la fe apostólica: Dios Padre como Creador, Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado, el Espíritu Santo, el perdón de los pecados y la vida eterna. Para un protestante, el credo tiene valor en la medida en que expresa fielmente lo que enseña la Biblia; no ocupa el lugar de la Biblia.

Confesar una Iglesia universal tiene, además, una consecuencia muy práctica: mi congregación no es toda la Iglesia. Tampoco lo es mi denominación. Hay creyentes en otros lugares, idiomas y épocas a quienes jamás conoceré en esta vida y con quienes comparto al mismo Señor. Una iglesia local importa profundamente: allí nos reunimos, aprendemos, servimos y cuidamos unos de otros. Pero Cristo está formando un pueblo mucho más amplio que cualquiera de nuestras reuniones dominicales.

La palabra «santa» también merece atención. Decir que la Iglesia es santa no equivale a decir que sus miembros sean perfectos. Cualquiera que conozca la historia cristiana, o simplemente la vida de una congregación, sabe que no es así. La Iglesia es santa porque pertenece a Dios, quien llama a su pueblo a vivir conforme a Él. Esta confesión debería hacernos humildes, no orgullosos: si pertenecemos a Cristo, necesitamos escuchar su Palabra, reconocer nuestros pecados y crecer en obediencia.

La universalidad de la Iglesia tampoco vuelve irrelevantes las diferencias doctrinales. Reconocer que Cristo tiene creyentes fuera de mi congregación no me obliga a decir que todas las enseñanzas son igualmente verdaderas. Los primeros cristianos procuraron conservar la enseñanza de los apóstoles precisamente porque sabían que la verdad importa. Podemos tratar con respeto a quienes difieren de nosotros y, al mismo tiempo, explicar con claridad nuestras convicciones.

En una ciudad como Delicias, donde las palabras «católico» y «evangélico» suelen funcionar como etiquetas que separan de inmediato a las personas, esta conversación puede ayudarnos a escucharnos mejor. Si digo que soy católico, debo explicar qué quiero decir. Si añado que no soy romano, también debo explicar por qué. Ninguna de esas afirmaciones requiere despreciar a nuestros vecinos o caricaturizar sus creencias. Una diferencia profunda puede expresarse con honestidad y respeto.

Al final, el centro de esta confesión no es una etiqueta, sino Jesucristo. Él dijo: «Edificaré Mi iglesia». La Iglesia le pertenece a Él. Ningún pastor, papa, reformador o denominación puede reclamar como propiedad exclusiva al pueblo que Cristo está reuniendo. Por eso, cuando confieso creer en «la santa iglesia católica», recuerdo que la Iglesia no comenzó conmigo, no termina con mi generación y es más grande que mi congregación.

Soy evangélico y protestante. También puedo decir, en el sentido antiguo de la palabra, que soy católico: creo que Jesucristo tiene una Iglesia universal. No soy romano, porque mi autoridad final no está en Roma, sino en la Palabra de Dios, y reconozco solamente a Cristo como cabeza suprema de su Iglesia.



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