Columna política lunes 13 de mayo


Sin matices, sin avaricias, sin rencores, sin envidias.
Ayer el periodismo perdió a un gran periodista, porque eso fue Rubén Valles Mata: un gran periodista.
Solo la mediocridad y la ignorancia podrían escatimarle un lugar de privilegio en el quehacer de la comunicación de la región, del estado y del país. Ante la muerte se acaban las pasiones, y quien no lo vea así está jugando contra la casa: como me ves, te verás, reza el sabio adagio.

Ante la muerte, solo queda el frío juicio de la historia. Y la historia de Rubén como periodista es una de trabajo, de vencer su discapacidad visual durante tantos años, de aprender a convivir con ella, de superarla cada día para no faltar al trabajo, para cumplirle a sus audiencias, para ganarse la vida.
Solo por eso, que no es más que una pequeña acotación en su brillante trayectoria,solo por eso se eleva por encima del común. Solo eso lo hace, si no impar, un caso fuera de lo ordinario.

Ante alguien con tal carácter, ¿quién puede jactarse de no haber tenido algún roce, algún desencuentro, alguna dificultad, como decimos por aquí? Todos estuvimos condenados a ello. Muchos de los miembros del gremio periodístico los tuvimos; muchos de sus receptores, también.
Sí, ¿y qué?
¿Qué importa, si la discrepancia, la dificultad, es parte esencial del periodismo, del periodista?

Aparte está la persona, que, como tal, es imperfecta, susceptible al error, expuesta siempre, a diario, al error, tanto como persona como, en su caso, periodista. Rubén fue uno más de nosotros, y como nosotros se equivocó. Pero, como pocos, reconoció sus yerros y, a muchos, tuvo la hombría, el gran valor, la humildad de elevarse pidiendo perdón y ofreciendo su mano.
Muchos la aceptamos, y de ahí en adelante, en su mano fuerte encontramos un apoyo; en su corazón de pueblerino empedernido, un nuevo amigo.

Su carrera periodística la forjó, en primer lugar, pese a la discapacidad visual mencionada y con grandes desventajas académicas, algo que superó en la práctica y con el notable talento que poseía, tanto en las tareas reporteriles como con su facilidad para redactar y, sobre todo, con una voluntad de superación digna de admiración. Tan cierto es esto que trabajó la mayor parte de su vida profesional con los hermanos Rodríguez Borunda, Oswaldo y Sergio, magnates periodísticos de Ciudad Juárez, acostumbrados a mandar y a exigir cuentas claras. Muy claras. Sin excusas ni perdón ante las fallas.
Algo le vieron, algo tenía su trabajo, que estuvo con ellos tanto tiempo, no solo al frente del Diario de Delicias, sino como responsable de otros medios de su propiedad y como negociador de publicidad con el Gobierno del Estado. Conclusión: siempre les presentó cuentas claras.

Lo mismo en la radio.
Durante mucho tiempo combinó periódico y radio, algo que no cualquiera logra. Claro, tal rutina, con tales responsabilidades, las preocupaciones y el tiempo fueron cobrando sus ineludibles cuotas a costa de su salud.
Pero nunca se rindió.
Al contrario, se echó encima otra preocupación permanente, de esas de 24/7: el sostenimiento de un centro de rehabilitación para menores con problemas de drogadicción.
La vida no le alcanzó para ver el resultado de un proyecto al que dedicó trabajo, esfuerzo y un ánimo invencible.

Así quedamos: en este espacio, frente a su extinción física, escribimos sobre su trayectoria como colega. De su vida personal nos quedamos con la relación amistosa que forjamos en los últimos cinco años, cuando hicimos sumas, restas y divisiones, olvidando lo que había que olvidar y haciendo cuentas de lo que había por vivir. Tomamos la formidable decisión de iniciar una relación de gran cercanía, de gran camaradería, en el mutuo afán de sacarle jugo a la vida, archivando en el rincón del olvido todo lo que nos privara de disfrutar esa renovada relación. Algo que logramos plenamente, algo que se interrumpió en la madrugada negra de este domingo negro.

Otro abrazo, Rubén. Un abrazo más, querido amigo.



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